Alicio contemplaba la grandeza de las montañas que, abrigaditas por las nubes, aun parecen más majestuosas. Las vistas desde Sardina dibujan con una gracia solemne las curvas que culminan en los "Caideros Altos". Allí parece que la cumbre se tapa con algodón. El sonido lo ponen las tórtolas y los colibríes. Las unas se comunican desde la distancia y los otros parecen disfrutar del jugueteo entre tajinastes y veroles. También se escucha el motor de un coche. Pero le ha vuelto a molestar lo de siempre...
-- ¿que voz es esta que distorsiona mis pensamientos para decirme que estoy pecando por disfrutar de mi hogar tan cerca de la naturaleza? --. Una pregunta que improvisadamente toma a Alicio de su relajo temporal. Una mala pasada. -- Nadie se ha planteado semejante cosa en mi caso particular --. Debe ser fruto de esas luchas cotidianas. De esos planteamientos que continuamente ponen a Alicio en pugna entre su sentido común, sus preguntas, sus impulsos y una voz que suena cada vez más fuerte y, cuyos argumentos, a Alicio, por lo general, le parecen nimios.
Los fines de semana, Alicio se permite la maravillosa tertulia con su mujer. No hay nada como esos desayunos en los que la fruta de rigor continua con una agradable conversación en la que el joven matrimonio pone en común sus inquietudes. Es casi inevitable. Son las dos mañanas en las que lo que ronda por la cabeza tiene que salir.
Con Fortunato, su amigo de siempre, es cada vez más difícil la conversación. Hoy Alicio recuerda aquellos debates de universitario en los que, ambos, no tenían muy cuajadas sus ideas. Probablemente, también les faltara experiencia y conocimientos; pero, desde luego no les faltaba deseos de arreglar el Mundo, empezando por España. Hoy Fortunato tiene una postura muy distinta. Bastante cómoda: además de demostrar vergüenza si dice España; da a entender de que el Mundo es ya menos que su mundo, el cual está solucionado para él. Desde que aprobó las oposiciones, el amigo de tertulias, parece cada vez mas deshinibido de los argumentos a su favor. Se limita a soltar, de buenas a primeras, el titular que se le antoja y a sondear el efecto que el comentario produce en su amigo Alicio.
Hoy, mirando hacia las montañas y cuando Alicio más disfrutaba de sus pensamientos, pasó Fortunato como una ráfaga. Claro, esa era la voz que le distorsionaba: Fortunato. Su entrañable amigo que ayer le dijo: "ya no hay nada que hacer Alicio. El deterioro de la Tierra es irreversible. Lo dijeron los de la ONU y además Al Gore que de eso sabe mucho. Tiene hasta una película del desastre. Por fortuna, podrán verla todos los niños de este país. Formará parte de Educación para la Ciudadanía".
La voz. La frase. Al Gore.
-- A lo mejor es eso lo que tiene a Fortunato de "baja" por depresión --. Alicio acostumbraba a sacar sus propias conclusiones (algo que no le gustaba demasiado, pero que no conseguía evitar).--Claro: si el mundo se va a acabar y nosotros somos los malos por la forma en que vivimos. La depresión está asegurada--. Se atrevió a diagnosticar Alicio.
-- Ultimamente la sensibilidad de Fortunato está a flor de piel. Con ésta, van cuatro bajas por depresión en tres años. Pero claro, la noticia no es para menos--. Alicio piensa para sí. Le quedan unos minutos para terminarse el café y llevar a su hijo al colegio. De pronto se dio cuenta del alcance:-- ¡mi hijo!-- las consecuencias se suceden: su hijo podría caer también en una depresión. No obstante su amigo le aseguro que la película o el documental o lo que quiera que fuera lo verían los niños en la escuela. --¡Dios mío!-- Alicio iba aun más allá: --asustarán a todos los niños. Será una... no sé... macrodepresión o depresión colectiva infantil...--
-- Vamos papá. Levántate que es la hora. --
Alicio entreabrió los ojos. Con mucho esfuerzo y con el rabillo del ojo derecho miró el reloj. Puso la radio y vio el café. Su mujer acababa de colocarlo en la mesita de noche.
--buenos días--. Alicio esperaba sentado, en la cama, cabeza baja y ojos legañosos. Esperaba ansioso el "buenos días" de su mujer. Deseaba concluir que ahora se estaba realmente despertando y que, por tanto, lo de Al Gore tan solo era un sueño con visos de pesadilla.
--buenos días papa. El niño ya se ha tomado el desayuno. Encárgate de que se vista mientras me arreglo-- contestó.
-- voy -- Alicio se levantó y se miró al espejo. Espontaneamente dijo: -- ¡gracias! --
-- ¿cómo? --
-- oh... nada cariño. Hablaba solo -- Alicio ya era consciente de que se había despertado y se sinceró: -- quería darte las gracias por haberme despertado --. Alicio comenzaba a olvidar lo de toda una generación como la de su hijo obsesionada con que el mundo se acababa de un momento a otro por utilizar el coche.
-- ¿estás bien? --
-- Sí, sí. Claro... Ahora sí -- Se miró de nuevo al espejo y comenzó a tener dudas...
continuará
-- ¿que voz es esta que distorsiona mis pensamientos para decirme que estoy pecando por disfrutar de mi hogar tan cerca de la naturaleza? --. Una pregunta que improvisadamente toma a Alicio de su relajo temporal. Una mala pasada. -- Nadie se ha planteado semejante cosa en mi caso particular --. Debe ser fruto de esas luchas cotidianas. De esos planteamientos que continuamente ponen a Alicio en pugna entre su sentido común, sus preguntas, sus impulsos y una voz que suena cada vez más fuerte y, cuyos argumentos, a Alicio, por lo general, le parecen nimios.
Los fines de semana, Alicio se permite la maravillosa tertulia con su mujer. No hay nada como esos desayunos en los que la fruta de rigor continua con una agradable conversación en la que el joven matrimonio pone en común sus inquietudes. Es casi inevitable. Son las dos mañanas en las que lo que ronda por la cabeza tiene que salir.
Con Fortunato, su amigo de siempre, es cada vez más difícil la conversación. Hoy Alicio recuerda aquellos debates de universitario en los que, ambos, no tenían muy cuajadas sus ideas. Probablemente, también les faltara experiencia y conocimientos; pero, desde luego no les faltaba deseos de arreglar el Mundo, empezando por España. Hoy Fortunato tiene una postura muy distinta. Bastante cómoda: además de demostrar vergüenza si dice España; da a entender de que el Mundo es ya menos que su mundo, el cual está solucionado para él. Desde que aprobó las oposiciones, el amigo de tertulias, parece cada vez mas deshinibido de los argumentos a su favor. Se limita a soltar, de buenas a primeras, el titular que se le antoja y a sondear el efecto que el comentario produce en su amigo Alicio.
Hoy, mirando hacia las montañas y cuando Alicio más disfrutaba de sus pensamientos, pasó Fortunato como una ráfaga. Claro, esa era la voz que le distorsionaba: Fortunato. Su entrañable amigo que ayer le dijo: "ya no hay nada que hacer Alicio. El deterioro de la Tierra es irreversible. Lo dijeron los de la ONU y además Al Gore que de eso sabe mucho. Tiene hasta una película del desastre. Por fortuna, podrán verla todos los niños de este país. Formará parte de Educación para la Ciudadanía".
La voz. La frase. Al Gore.
-- A lo mejor es eso lo que tiene a Fortunato de "baja" por depresión --. Alicio acostumbraba a sacar sus propias conclusiones (algo que no le gustaba demasiado, pero que no conseguía evitar).--Claro: si el mundo se va a acabar y nosotros somos los malos por la forma en que vivimos. La depresión está asegurada--. Se atrevió a diagnosticar Alicio.
-- Ultimamente la sensibilidad de Fortunato está a flor de piel. Con ésta, van cuatro bajas por depresión en tres años. Pero claro, la noticia no es para menos--. Alicio piensa para sí. Le quedan unos minutos para terminarse el café y llevar a su hijo al colegio. De pronto se dio cuenta del alcance:-- ¡mi hijo!-- las consecuencias se suceden: su hijo podría caer también en una depresión. No obstante su amigo le aseguro que la película o el documental o lo que quiera que fuera lo verían los niños en la escuela. --¡Dios mío!-- Alicio iba aun más allá: --asustarán a todos los niños. Será una... no sé... macrodepresión o depresión colectiva infantil...--
-- Vamos papá. Levántate que es la hora. --
Alicio entreabrió los ojos. Con mucho esfuerzo y con el rabillo del ojo derecho miró el reloj. Puso la radio y vio el café. Su mujer acababa de colocarlo en la mesita de noche.
--buenos días--. Alicio esperaba sentado, en la cama, cabeza baja y ojos legañosos. Esperaba ansioso el "buenos días" de su mujer. Deseaba concluir que ahora se estaba realmente despertando y que, por tanto, lo de Al Gore tan solo era un sueño con visos de pesadilla.
--buenos días papa. El niño ya se ha tomado el desayuno. Encárgate de que se vista mientras me arreglo-- contestó.
-- voy -- Alicio se levantó y se miró al espejo. Espontaneamente dijo: -- ¡gracias! --
-- ¿cómo? --
-- oh... nada cariño. Hablaba solo -- Alicio ya era consciente de que se había despertado y se sinceró: -- quería darte las gracias por haberme despertado --. Alicio comenzaba a olvidar lo de toda una generación como la de su hijo obsesionada con que el mundo se acababa de un momento a otro por utilizar el coche.
-- ¿estás bien? --
-- Sí, sí. Claro... Ahora sí -- Se miró de nuevo al espejo y comenzó a tener dudas...
continuará
1 comentario:
Qué intriga, para cuando el segundo capítulo... qué nervios, ¿lo resistiré?.
Saludos
Odiseo
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